sábado 21 de noviembre de 2009

I ♥ KRAFT


Tengo miedo al sueño como se tiene miedo a un agujero
Completamente lleno de vago horror, que lleva no se sabe a dónde,
No veo más que infinito por todas las ventanas.
C. Baudelaire.

Todo lo que vemos desfilar ante nuestros ojos, todo lo que imaginamos, no es sino un sueño dentro de otro sueño.
E. A. Poe.

El universo es más esplendido y más terrible de lo que imaginamos; es un tremendo sacramento de una fuerza, una energía mística e inefable, una energía mística e inefable, velad por la forma exterior de la materia
A. Machen.

El ciego universo va dando vueltas sin objeto, de la nada a las cosas y de las cosas a la nada otra vez, sin preocuparse ni interesarse por la existencia ni por la suplica de unos espíritus fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en la oscuridad.
H.P. Lovecraft.

En el principio existía el vacío. La noche de los tiempos se ahondaba en una oscuridad absoluta e impenetrable a todo ojo, el mutismo de una noche arcaica cuya perennidad engullía la existencia, ejerciendo su imperio homogéneo.

En el principio existía la incertidumbre. La urdimbre del espacio se deshilaba infinita carente de observador alguno, más allá el vacío no era un vacío: la oquedad resguardaba aberraciones ciclópeas e indescriptibles.

En el principio éramos polvo, fango, renacuajos o simios, y nos arrastrábamos cropofagicamente sobre un puñado de rocas endebles; una sequía sostenida por un peñasco sobre el abismo. Las estrellas incognoscibles y la lobreguez etérea se cernían amenazantes por el orificio de la noche. Y nos reuníamos junto a las llamas para compartir el canto y la carne, y olvidarnos de la muerte que aguardaba –en su paciencia de inmortal- entre cada resquicio.

En el principio existía el miedo.

El principio, en su obstinación, persiste.

Lovecraft, ese individuo solitario, enfermizo, dependiente, inseguro y racista, fue una monstruosidad en su propia forma; una aberración en la brillantez y el tedio.

Lovecraft fue un fantasma atormentado e insatisfecho. Degustó la religión, la filosofía, la ciencia, y ante ello no le falto conclusión por la lucidez del escepticismo –o la locura de la persecución escéptica-, percatándose del vano jugueteo en que estas disciplinas consistían, de que sólo vemos lo que creemos –lo que queremos- posible, y cerramos los ojos, y pretendemos que es auténtico.

Lovecraft se percato de que el bien y el mal, y la felicidad y la belleza, son conceptos ornamentales de nuestro punto de vista, que su único valor reside en su relación con lo que por azar pensaron y sintieron nuestros padres; y que sus características, aun las más sutiles, son diferentes en cada raza y cultura.

Descubrió que la religión era una interpretación solemne y demasiado escrupulosa de la realidad a partir de meras mitificaciones arcaicas. La filosofía por su parte, intercambiaba los ídolos del pedestal por el temor y la fe en la licencia y la anarquía, sin comprender la naturaleza de la belleza. Finalmente, la ciencia en su obstinación y arrogancia daba la espalda a todo lo que no podían abarcar de una mirada, y se contentaba con un fragmento, atiborrándose de un respeto casi supersticioso por el método, que es tangible y parece estar físicamente.

Se alegro, no obstante, con el arte. Porque que el arte es la única disciplina lindante y análoga al sueño. Porque la experiencia soñada podría considerarse tan autentica y significativa como aquellas sucedidas en estado de vigilia. Porque toda la vida no es más que un conjunto de imágenes existentes en nuestro cerebro, sin que se dé diferencia alguna entre las que nacen de cosas reales y las engendradas por sueños que sólo tiene lugar en la intimidad, ni ningún motivo para considerar las unas por encima de las otras.

Y es precisamente en un universo aleatorio como el nuestro donde se puede ejecutar lúdicamente la tergiversación de la realidad por medios estéticos. La realidad es inexistente, únicamente nos aferramos a la percepción de tal realidad. En términos kantaianos: nuestra profunda, eminente e imperiosa imposibilidad de distinguir el das ping fur mich del ding an sich.

Existimos en la ignorancia, no obstante somos felices en ella. Existimos limitadamente, pero podemos superar parcialmente esa limitación. Al superar parcialmente esa limitación queda la sabiduría, pero también queda la locura, el horror.

lunes 16 de noviembre de 2009

KAFKAESKE

En la lectura
existe algo imperiosamente grotesco y
fascinante
En la lectura existe algo.

Tal vez…
–y no hablemos ahora en sus relaciones filiales,
en el repudio o
decepción hacia su propia obra,
en su penetrante mirada fotográfica,
espectral,
que resulta (un tanto) insoportable–

Uno toma un texto
…Un texto que es el texto que es el mismo…
Uno cualquiera…
lo que uno no sabe es que no toma
el texto,
no lo coge simplemente con las manos y lo aferra ante
sus ojos.

No,
el texto lo toma a uno

Arremolinado en el sillón, bajo la lamparilla de noche,
tranquilo, confortado...
Apenas en las primeras líneas
sostiene las hojas impresas,
y no son más que eso:
ligeras páginas
frágiles, apuñadas de
palabras,
fondo blanco y letras negras
¿Qué daño podrían causar?
¿Cómo atreverse siquiera a concebirlas como alteradoras del
entorno inmediato?

Uno cree
Cree al principio
que se habla de un país
distante,
de una época
remota,
que los personajes no existen, o, en todo caso, que son extraños.
Pero entonces, aunque
apenas lo entrevea, cree
reconocerlo.
Lo niega,
acto inmediato
instinto de supervivencia.

Emite un estertor confuso.
Duda aun entre reír
o llorar,
generalmente ríe un poco

Ya habrá tiempo para el llanto

No comprende,
navega por mares ignotos, circula por pasadizos
caóticos.
Y no es que no quiera comprender, es
precisamente
el anhelo de comprensión
lo que lo abruma.

Y ya es tarde.

Ya no puede arrojar el texto

–y quizá debería, lo más lejos posible, hacia
la tiniebla o hacia
las llamas-.

Las letras
Prefijadas
ahora danzan frente a uno, se pegan a las yemas, a las comisuras
de los dedos.
Dejan de ser, parcialmente,
letras y
se vuelven cadenas,
se vuelven tentáculos,
tenazas,
zarpas viscosas o, quizá,
manos aterciopeladas.

El texto
continúa,
mitad por intención, mitad por inercia.
Las paredes se achican, se ciernen
a nuestro alrededor. El viento
transita inefable por las calles, enturbia
los perros y mece suavemente las ramas
de los árboles.
Tal vez
se escucha alguna ventana crujir por el viento.
Tal vez
atardece o el firmamento se nubla un poco.
La habitación parece un desierto
o
un laberinto,
o
peor aun:
parece la habitación misma.

Las palabras se suceden y uno cada vez se reconoce menos,
cada vez
es más consiente de
su alineación, de su contingencia, de su excusa,
de su monstruosidad.

Y el suelo
–incluso el sillón mismo-
parece tapizado por cucarachas
o tijerillas. Y se percibe a lo lejos,
pero aproximándose,
aproximándose
el susurro de animales hermosos y siniestros
que hemos olvidado en las pesadillas de la infancia.
Y ya sabemos que los candados están dispuestos,
que los muros son infatigables y
los guardias se hallan a punto
de tocar la puerta…

Pero con el punto final no
ha terminado; la lectura,
los instantes de lectura,
sólo son una percepción, un presentimiento.

Después las interrogaciones esgrimen
entre el entorno.
Y
una oquedad
se dibuja
por detrás de las interrogaciones…

Y ahora uno siente frío…
tiene miedo…
esta sólo.

domingo 20 de septiembre de 2009

INSOMNIA & SOBRIEDAD

. . .


Quiza
(Pero con estas cosas uno jamás esta muy seguro)
mañana por la mañana
me desayune el clítoris de Dios
con un tenedor de plástico.

. . .
Un Puto punto (.)
descalzo,
sobre la vanguardia.

Un Puto punto (.)
menstruando un vació,
como el vació
triste e indescifrable
entre las palabras.
. . .
Le escribo
A las paredes, demasiado
Atrás o demasiado
Adelante.
No.
Hoy no.
¿Qué sueños tendría si sólo hubiera ausencias?
El largo,
Lento
Recorrido de las
Arañas que nunca seré.
Por mi bien,
Por
Mí,
Bien: matemos todas las arañas…
Y las ausencias velaran, mañana
Quizá,
Todas las paredes
Serán una.
. . .
El crepúsculo siempre por encima de tus rostros
Y una nota:

Importe de 1
envase
de cerveza
familiar
$10.00
. . .
¿Y si…
Cayeran los pétalos de madrugada?
Los nombres se convirtieran en camellos?
Los niños-gato dejaran de aguardarme en las azoteas?
Los payasos no me dieran el beso de las buenas noches?
Volvieran las colillas de cigarrillo para charlar sobre burdeles?
Sonrieran los caracoles antes de despedazarme con sus lenguas?

¿Tus ojos no me observarían,
apacibles,
desde el retrete
de un baño público
inexistente?

¿Y si…?
No,
Sinceramente no,
Recuerda que estos días soy cobarde.
. . .
Te preguntas más por
Las sonrisas o por los huecos?
Por los instantes y los rostros
Por tus pechos al otro lado de la línea telefónica
Y el himen (como punto exacto)
Como los jirones de una bandera…
La perdida de un océano imposible…
Ya ni siquiera es un recuerdo
(quizá ya ni oxido / ni falta de preguntas)
Sólo granos de café repartidos por la mesa;
Granos de café y una despedida.
. . .
El adiós se pasea desnudo,
te deja la pasta dental hundida al fondo del envase,
la flacidez del pene tras los ojos empapados,
el refri con algunos condimentos.

El adiós es un abismo sin piernas;
con 2 o 3 hienas
famélicas
sin correa,
tras tus pasos.

El adiós sigue siendo adiós
aunque lo persigas con artillería
desde el trapecio.
. . .

Esperando en la calle Ambrose.

.

Estoy sentado en la calle Ambrose esperando a que pase el ómnibus. Hace frío y yo me cubro el cuello con la bufanda que me tejió Beth. O al menos dijo que fue ella quien lo tejió. O al menos dijo que lo tejió para mí. No hay forma de estar seguro y la plena confianza no es uno de mis atributos, todo lo contrario. Pero no importa. Hace frío y yo trato de cubrirme con esta bufanda gris con mi letra inicial tejida en una orilla: una pequeña “J” azul índigo en uno de los extremos. Me divierte el vapor que exhalo por la boca, el carbono tibio que expulso y se vuelve visible debido al frío. Me aflige un poco pensar en Beth, pero parece ser uno de esos recuerdos constantes e ineludibles.

Hurgo en los bolsillos de mi chaqueta, más bien en la chaqueta que tomé prestada a Frank. Encuentro una cajetilla de cigarros blancos con tres cigarrillos todavía en su interior. Supongo que Frank debió olvidar que estaban allí. Yo no fumo blancos. No me agradan. Yo más bien fumo rojos, o sus derivados. Cuando a Frank y a mi nos queda poco dinero solemos comprar cigarros medios, que es algo entre blancos y rojos. Para que nos alcancen mejor. Para ahorrar dinero y no tener que comprar dos cajetillas diferentes por el hecho de que no nos gusten el mismo tipo de cigarrillos. En fin, a mi los cigarrillos blancos me desagradan. Pero por la resaca que tengo y la temperatura a esta hora de la mañana (supongo que deben ser entre las seis y las siete) no me importa mucho fumar un cigarrillo blanco. Reviso el resto de los bolsillos de la ropa que traigo puesta. El problema es que no tengo cerillas ni encendedor. No tengo en ninguna parte. Miro hacia la calle, hacia el lado que se supone debe pasar el ómnibus; sólo se ven algunos coches en la lejanía. La calle esta practicamente desierta y no hay nadie a quien pedirle fuego, ningún indicio de que el camión vaya a pasar pronto y eso me da algo de tiempo.

Trago saliva y pienso en el día en que Beth se fue. En la forma que hicimos el amor la noche antes que se marchara. Bueno yo le hice el amor, tal vez para ella no significó lo mismo. Siento mareo y un amargo sabor en la entrada de mi garganta. Recordar eso me hace sentir algo patético. Sí, supongo que soy patético, pero ya no importa. Me hubiera gustado detenerla, decirle que se quedara conmigo, que fuera mi esposa o algo así. Que la amaba. Pero de todas formas eso a ella no le importaba mucho. Supongo que nunca me vio como una relación seria. Para ella yo solo era un buen amigo, pero no alguien con quien compartir su vida. Yo podría haberle dicho todas esas cosas y a ella no le hubiera importado realmente, ni siquiera las habría tomado con seriedad. Simplemente me habría mirado con esa expresión sutil entre lástima y ternura.

Miro la bufanda de nuevo y paso mi pulgar un par de veces sobre la inicial. Recuerdo el largo beso que nos dimos en el aeropuerto. La abracé por un largo rato y después la dejé ir para que abordara. No me arrepiento de ello porque de nada me sirve. Beth tenía sus propios planes y yo no debía -aunque quería- interferir en ellos; Ella tenía esos importantes estudios en Europa y yo ni siquiera podía conseguir un empleo decente por más de tres meses. Al principio Beth me escribía con frecuencia, luego sus cartas fueron cada vez más esporádicas y ahora llevo más de cuatro meses sin saber de ella. No debería de pensar tanto en ello. No ayuda en nada.

Reviso las monedas para el camión. Las cuento y las vuelvo a contar y luego las guardo en la bolsa del pantalón. Abro la cajetilla y veo los tres cigarros solitarios sin poder ser fumados. Si no me hubiera salido tan temprano de aquel lugar. De la casa de Andriala. Ella hizo una reunión anoche y Frank y yo asistimos. Frank es buen amigo suyo desde Bachillerato. A mi sólo me caía bien, aunque eso es mucho decir viniendo de mí. Andriala ¡Vaya nombre! Su madre era botánica y le puso ese nombre en honor a una flor del mediterráneo. Con el tiempo uno se acostumbra al nombre. Pero en fin, ella había hecho una reunión anoche, una especie de fiesta y todos nos habíamos quedado bebiendo cerveza, vodka tónica y escocés con agua mineral hasta altas horas de la madrugada. Yo, ya ebrio, me dormí por un rato en la sala de estar, pero desperté alrededor de las cuatro cuando la mayoría ya se habían ido o estaban dormidos. Como el coche de Frank esta descompuesto, supuse que debía de estar dormido por allí. Me lo encontré en una habitación durmiendo con una chica a la que yo no conocía, supongo que se trataba de alguna amiga o familiar de Andriala. Estaban desnudos bajo las colchas. Abrí la ventana para ver mejor el exterior y entonces una intensa ráfaga de aire frió entró por ella. La cerré inmediatamente.

Me quedé un rato observando el contraste de las densas tinieblas y los múltiples ápices de luz en el exterior que se difuminaban en la lejanía; sin pensar en nada en particular. Pero el hecho es que quería salir de allí. No sabia por qué, aun no lo se, pero era casi necesario. No tenia nada en contra de ese lugar ni de esas personas, pero sentía una inusual e imperiosa necesidad de salir de allí. De forma que como yo no había traído nada para protegerme del frío; tomé la chaqueta de Frank y me dirigí escaleras abajo entre la oscuridad. Lo hubiera despertado para avisarle pero, dada la situación, habría resultado un tanto inapropiado. No recordaba donde se había quedado la bufanda, pero terminé por hallarla en un perchero junto a la puerta principal.

Y entonces salí. Afortunadamente (debido a la embriaguez, supongo) Andriala olvidó cerrar con llave o pasador la puerta principal, únicamente tenia el seguro manual del picaporte. De forma que abrí y me precipite hacia el exterior donde el aire diáfano y fresco me recibió llenando mis pulmones y helándome hasta los huesos. Sin pensarlo di un paso, y luego otro y luego otro y empecé a caminar y caminar sin detenerme, sin ir hacia algún lugar en especifico, sin rumbo determinado, sin –querer- darme tiempo a reflexionar el motivo de por qué lo hacia. Mis pies se movían consecutiva y regularmente, sin reservas, sin convencionalismos, sin esperanzas, sin miedos. Sentí el aire petrificar mi rostro y el frío oxidar mis piernas, y me sentí libre. Libre de avanzar por las calles desiertas de la lóbrega madrugada sin objetivo ni razones mas que las de avanzar, continuar, sin detenerme, adentrándome en el vació exterior y su oscuridad irregular.

Cuando me detuve- después de atravesar numerosas avenidas, surcar diversas callejuelas, subir por puentes y escalinatas, andar por debajo de túneles, recorrer aceras, calles, jardines, camellones y baldíos- eran las siete y estaba en la calle Ambrose y me tape con la bufanda y comencé a recordar a Beth y el resto ya lo saben.

Comienzo a deambular alrededor de la parada de autobús con la mirada fija en el pavimento, en busca de algo con que prender los cigarros. Rezando a dios, buda, satán o a cualquiera que pueda ayudarme. Mis plegarias deben rendir fruto, porque milagrosamente hallo entre los matorrales de una jardinera un estuche de cerillas. Lo recojo y lo destapo lentamente mientras cruzo los dedos. La diminuta cabecilla verde del fósforo se asoma en su interior. Mi única y gran oportunidad. No podría desperdiciarla. Froto rápida pero cuidadosamente la punta de antimonio y clorato de potasio contra la pared laminada y recubierta cristal molido y fósforo rojo, intentando obtener la fricción adecuada para que se encienda sin deshacerse. Lo consigo e inmediatamente lo cubro con la mano desocupada, protegiéndolo de la intemperie. Si se apaga a medio camino todo estaría perdido. Lo acerco, con toda la cautelosidad que me es posible, hacia el cigarrillo previamente acomodado en mi boca y empiezo a dar caladas cortas para encenderlo. Lo consigo. Lo consumo con ese deleite y nerviosismo con el que un catador lo haría con el último vino de su cava. Dando cada bocanada con respeto ceremonial. Intentando mantenerlo en posición vertical, con el filtro hacia abajo, para prolongar su paulatina e inevitable extinción. Reteniendo el humo tanto como me es posible, aguardando el sutil hormigueo, el ligero mareo, la anhelada relajación. Y en este momento todo me parece perfecto, pleno y en su orden correcto…

Pero me doy cuenta que el autobús esta a punto de llegar y ¡mierda! entonces tengo que apagarlo para poder abordar.

martes 18 de noviembre de 2008

Carta a una señorita en...

.

Me gustaría poder escribirte esto por hechos tan simples y sinceros cómo el que me interesara saber cómo te encuentras, saber que tan identificada te sientes con el futuro que tu carrera te promete, con la admiración y aversión que presentas hacia tus compañeros y maestros, con tu profesión, con eso que nos vamos quitando y nos dejamos quitar de nosotros, para que al final nuestra juventud quede en remedos y cenizas ante nuestro trabajo y nuestras obligaciones; de lo que llegaremos a pretender que somos y por lo que nos limitamos.

Me gustaría escribirte esto para preguntarte por tus hermanas, por tus padres, de indagar sobre tu múltiple vida dividida en los lugares que frecuentas, tus viajes, sobre el baile, sobre la tú que se pierde frenética y amorfa en el ritmo y en sus zapatos, en esos ridículos vestidos pasteles y peinados ancestrales, en la música que tanto amas (a la que soy tan adverso, tan indistinto) esos ruidos secos de malas grabaciones, de vinilos arcaicos y fonógrafos decadentes, de marimbas con las teclas rotas, del repiquetear acústico en una orquesta de guitarras desafinadas, de flautas, listones, flores, encajes y sombras, de zapatos contra las duelas, de imágenes chillantes, cuchillos y faldones, de sudor, pasión y frustrarse con tanta vuelta y con esas zapatillas que se ven tan incómodas, de sones, palmas, jarabes, huapangos, en fin, de todos esas folkloridades a las que la mayoría le da la espalda, que solo ve como atracción turística, como risible y encantadora tradición. Esos detalles que para bien y para mal me he dado el gusto de ignorar, pero que son parte de ti, que has calzado en tu vida como has calzado a soda stereo, a Queen y a Lila Downs, al periodismo, a las palabras que tan maravillosamente combinas y en las que aparentemente descrees, a tu visión política y tu critica social, tan infantiles como amplias, a tu necesidad de correr ampulosa y quebrantable, como una liebre coja tras un árbol que no existe, de abismarte persiguiendo estrellas fugaces, tréboles de cinco hojas, finales de arcoiris, como te has calzado y descalzado el ideal, la incertidumbre, el entusiasmo, a tu amor nonato y engañoso que ni siquiera te comprendes, a tus amigos, a tus enemigos, a tus “camaradas”, a tus amantes, a mí (a otros , pero tengo tan pésima memoria a veces para los nombres), a tantos, a todos y a ninguno, a tu concepto de nosotros (a tus distintos conceptos de un: “nosotros”) a tu lastima, tu autocompasión, tu inconformismo, tus sufrimientos, tus mentiras, tus llantos, tu egoísmo, todas tus esperanzas venidas a menos, tu estupidez, tu tremenda estupidez, toda tú tan necia, tan irrazonable, tan incomprensible y tan escudada a dejarse comprender.

Adelante, encógete de hombros, finge indiferencia (tu no eres estas letras, tu no quieres ser estas letras), dilo: “Joshua, cállate, eres un estúpido, no sabes lo que dices, estas mal, tan...equivocado” mantén la calma si quieres (¿Porque esto tendría que afectarte?), si no, profiere maldiciones y pestes, escúpeme, reclámame si te parece necesario, ni siquiera termines esta carta, déjala ahora, rómpela como se merece, échala al fuego, a la basura, al alimento para los perros, mejor para ti y posiblemente para mí, al fin y al cabo yo soy el malo de la historia ¿No es cierto? Soy el lobo feroz, el monstruo del armario, Joshua el vomitador, el insufrible, el hiriente, el insensible, adelante, que yo soy el inepto idiota sin corazón, el infeliz sin alma, yo y todos somos tus culpables, tus eternos culpables, no, no estoy siendo cínico ni sarcástico (bueno, un poquito, pero ese poquito que no puedo evitar), estoy cansado de serlo, permíteme ser sincero en la medida que me es posible, permíteme aceptar lo sincero que hay en lo anterior (y a ti permítete aceptar lo sarcástico).

Me gustaría poder escribirte esto por fruslerías tan simples, como si me preocuparas, como si más allá de un quimérico nosotros, me importara el ti que quedo en mí y el mí que quedo en ti, pronunciar baratijas del tipo: “¿Cómo has estado M.?”, “Aquí todos te extrañamos”, “Queremos que cuando vuelvas nos cuentes lo que has hecho”, pero si te soy sincero la verdad no escribo por esto. Porque siéndote franco (el agraviante franco que hay en mi) no creo que me importe mucho, te escribo por que no hallo a nadie más a quien escribir, porque tal vez una parte de mi quiere que sepas de mi, y así a la vez seria como si yo supiera de ti, porque sencillamente tenia ganas de redactar algo, cualquier cosa, y tu simplemente fuiste un tema a la mano y esta carta, un ejercicio, y a cada teclazo que doy se me quitan mas las ganas de continuar -¿para qué, qué voy a conseguir con esto?- dudando que llegues a examinarlo, ya sea porque a mi no se me de la gana dártelo, porque a ti no se te de la gana leerlo (aceptémoslo, somos un par de viejos orgullosos). La verdad es que no se la razón por la cual escribo, quizá debido a que son casi las cuatro y yo estoy aquí terriblemente insomne, insoportablemente sobrio, retrospectivamente aburrido, quizá porque acabo de terminar otro cuento en mi librillo de Cortazar, porque no hallo el de Baricco y me azora el de Joyce, porque de escuchar sosegadamente a Miles Davis, la selección aleatoria a saltado a The Cure y luego a zoe, porque la televisión esta llena de horrible programación; quizá sea que todo es muy apacible, muy sucio y muy bello a estas horas de murmullos quietos y sonidos lejanos, del incansable tic-tac del reloj, estas teclas, un ladrido intermitente, sirenas energúmenas y trepidantes, maullidos guturales e infantiles, sonidos que se confunden con el vació insaciable en el que estamos perdidos, quizá aun existe una parte de ti, y que a lo mejor ya no eres tu, que aun me importa, quizá todo lo anterior a la vez.

Quisiera ser agradable en esto que escribo. Quisiera sacar al poeta que odio en mi, porque es frágil y absurdo como todos los poetas, y decirte cosas hermosas, alabanzas imperecederas, muestras tangibles de admiración, pero me es tan difícil, tan difícil; porque soy limitado e incapaz, porque no puedo relacionarte con algo hermoso e imperecedero, porque ya no te admiro, esa masa informe y obstaculizadora en ti que eres tú, que se ha vuelto tú, me impide admirarte ahora, cada vez que me llega a la mente el remedo de ti en el que te has convertido no puedo evitar la exasperación, la fatiga premeditada de saberme infructífero, en sospechar que toda esta vana palabrería no moverá una sola de las fibras acalambradas en esa gesticuladora rabiosa, en esa guacamaya inagotable, hiena insufrible, jirafa petulante (perdóname los símiles zoomórficos, son de pésimo gusto, lo se) enferma de ti en ti para ti, de monologo, de capricho, de tu solipsismo imperecedero, de tu mal-interpretación (así como la exégesis de estas frases caerán en el equivoco, en tu conveniencia lectora, en tu habito por enmarañar anagogías), de entumecimiento –¿recuerdas tu poema: “sumergiéndote en infame pegamento distensionas inerte vísceras y piernas, al fin ríes, ya no sientes”?- del que tal vez no te percatas, del que tal vez no quieres percatarte o no te importa, que los demás se callan y ante lo cual te tapas los oídos y cierras los parpados, negándonos, negándonos a los demás, a nosotros –tus eternos culpables-, negando todo eso que alguna vez quisiste y se distancio de ti, que te abrió diversas llagas y espero a que estuvieran coaguladas e infectas para dejar sanártelas (y no hablo solo de mí), que despertaste una mañana con el sabor de esas personas en el paladar y percibiste que no era el acostumbrado, que jamás seria el mismo, y te pareció tan fácil (y la verdad no creo que fuese tan fácil) negarlo, negar tu cobardía (yo soy un cobarde y callo, tu eres una cobarde y no paras de hablar), tu egoísmo (yo soy egoísta y no soy mejor que tú, tú eres egoísta y no eres mejor que yo, pero es tan detestable).

No se para qué escribo todo esto, cuando la hora llegue no se si tendré el coraje ni el entusiasmo de entregártelo y que en nada te afectara, todo esto me parece una necesidad innegable de ser innecesario ¿No te das cuenta que lamiste todo legitimo cariño pretérito hasta desintegrarlo en morusas (de nuevo, no hablo solo de mí), por descuido, por venganza? Pero, lo que quiero decirte mediante de estas sucias palabras gastadas por nuestros ancestros, lo que trato de decirme a mí a través de ti, es que en el fondo, existe algo genuino, algo bello y puro en lo mas recóndito e inextricable de tu interior o en tu periferia, que uno es capaz de percibir sutilmente pero desaparece apenas uno le dirige la mirada, aunque probablemente no sepas que esta allí, aunque le des la espalda y se nos escape, aunque no puedas retenerlo con tus manos quebrantables y se te escurra por entre las comisuras de los dedos. Quiero decir que más allá, que en medio de todo ese monigote inútilmente sobreactuado y confuso que te gusta ser, existe un eco en la penumbra, una bailarina inasible que deambula delirante y poética entre el océano de sonidos acústicos, de piel inquieta y gestos amaestrados, de la artista que vive en ti y agota su alma enclaustrada entre abismos cósmicos, diluyendo trazos absurdos y sometiendo las palabras, atando mi memoria a tus oraciones, a tu diarios, poemas, minutas y a tus cartas: a los garabatos juguetones y aplastantes, a la oquedad anonadante de éxtasis y despecho que son tus cartas(¿Cómo hacerse de rogar por una carta, cómo negar esos halagos y reproches, de las que uno se nutre con embarazosa soberbia?). Pero no me hagas mucho caso, vete corriendo y extravíate, ahoga esa irrisoria nitidez entre los licores y perfumes que más te plazca, olvídame y olvida esto, tu vida es un juego de uno y es posible que yo no sepa nada, que me equivoque, que sea maligno, enfermizo y algo idiota, que solo te quiera – “querer”, curiosa palabra, cuestión de sólo seis letras y qué complicado, qué desgarrador escribirlo- de alguna manera retorcida y simpatética, aferrándome a una imagen tuya que no eres tú, que no es para mí ni te pertenece; y así al final caigo en un error que cometes tú, que cometemos todos... En fin, ahora que se acerca el termino, que se me agota mi paciencia y las palabras, no se qué agregar, quizá: perdona, perdona por ser tan obvio, tan directo, tan ofensivo en estas letras, perdona estas letras, perdona por quedarme flojo, ensombrecido y opacado ante lo sutiles y perfectas de tus cartas, sin ser capaz de imitarlas o corresponderlas, en fin: perdona... ¡No! mejor no me perdones, de cualquier modo a ti nada te costara otorgarme disculpas (no te costara si no te afecta) y a mi poco me valdrá recibirlas.

lunes 10 de noviembre de 2008

RORSCHACH

.


Nos hallamos en una frágil mancha, hueca y difusa; suspendida en la fría oscuridad de la nada eterna. Todo es indeterminado, abstracto, carente de sentido intrínseco, sin más valor que el que decidimos y establecemos…Sin embargo lo más conveniente es relatar los hechos desde el principio(o lo que vagamente puede considerarse el principio).

Me es muy difícil establecer cómo o cuándo empezó mi “metamorfosis perceptiva”, pero puedo recordar que solía dormir durante periodos considerables, un desmesurado numero de horas seguidas, incluso días. Únicamente despertaba para hurgar en el refrigerador, con el fin de engullirme algunos restos de comida, darle un trago a la primera botella de licor que hallara, orinar o defecar. Mi escasa alimentación me mantenía sin energía, por lo que me embriagaba rápidamente y volvía a dormir en seguida. No hacía nada más. No me interesaba otra cosa. Tampoco había algo definido. Cada una de estas triviales actividades estaban distanciadas por espacios de tiempo bastante irregulares, aunque por lo general extensos. El resto era una secuencia difusa e inextricable de imágenes, sonidos y sensaciones carentes de orden y coherencia para la razón; sueños, pesadillas o simplemente largos periodos de oscuridad absoluta, claridad sin ideas, pensamientos o sucesos oníricos. Me gustaba pensar que al morir todo seria así, sin cosas buenas ni malas, placeres o sufrimientos. Solo quietud y calma…

Acostumbraba despertar en falso, tener sensaciones de dájà vu, creer que había dormido por días cuando solo pasaban diez minutos –o a la inversa- y todo ese conjunto de singulares eventos que ocurren cuando duermes lo suficiente y aun posees la capacidad de soñar. Entre difusas paginas de libros cuyos títulos o autores no me interesa recordar, encontré ideas agradables relativas al tema; donde explicaban que tanto la experiencia soñada podría considerarse tan autentica y significativo como aquellas sucedidas en estado de vigilia. Ya que la vida no es más que un conjunto de impresiones existentes en el cerebro, importando poco si éstas son percibidas del entorno e interpretadas por los sentidos o son engendrados por intrincados procesos en nuestro interior; y no existe ninguna razón para considerar unas por encima de otras.

Cierto día –no recuerdo bien cuando, aunque no tiene mucha importancia, ya que podría haber sido cualquier fecha- desperté con cierta alteración, desconcertante y confusa. Con el cuerpo impregnado en sudor, la boca seca y los ojos húmedos. Tenía un impreciso y vago sentimiento. La causa de esto me sigue siendo completamente desconocida, aunque inevitablemente note que algo había cambiado irreversiblemente en mí. Una novedosa emoción me perturbaba, como si hubiera estado dentro de un oscuro y profundo túnel, sin recordar el principio ni conocer el final, rodeado de ciclópeos ladrillos traslucidos mirándome indiferentes. Mi vida entera había permanecido en su interior, pero ya no más. Destruida la abrumadora seguridad que sus muros me brindaban, estoy condenado a captar libremente el exterior.

A partir de entonces dejé de dormir, no es que no lo quisiera o lo intentara, simplemente no pude. El insomnio y la ansiedad habían entrado en mi organismo sin avisar y se instalaron perpetuamente. Los tan apreciables momentos proporcionados por el esencial acto, volvieronse irónicos recuerdos, quedándose en el irrevocable pasado. No puedo conciliar el sueño y cuando rara vez lo hago no es por más de una hora, y sin embargo me levanto en peor estado que al acostarme. Intenté remediar la atroz y deplorable situación: ingerí distintos calmantes y pastillas, me alcoholicé cuantiosas ocasiones, practiqué distintos tipos de meditación, me masturbé en exceso e inclusive realicé suficiente ejercicio; no se presentaron los resultados esperados; no solucionaron absolutamente nada. Descarté la posibilidad de requerir a mujeres, predicadores o loqueros. Siempre me había considerado misántropo y por lo tanto la humanidad en general me producía animadversión.

En mi estado se esta siempre agotado, somnoliento, indispuesto a ejercer cualquier actividad. No se duerme, pero tampoco puede decirse que se esté despierto. Uno se comporta autómatamente, llevando a cabo actividades sin reflexionarlas, desconociendo los motivos. Caí en cuenta que en realidad, la sociedad en general es así, realizando actos sin saber por qué, cual engranes de una monótona maquinaria de la cual han perdido la capacidad de salir. Y allí yo estaba al igual que ellos: absurdo, banal y desesperado…

Fue entonces cuando vinieron los Rorschach.

Herman Rorschach (1884-1922) fue un psiquiatra suizo que desarrollo el psicodiagnóstico homónimo; básicamente un test proyectivo, considerado como uno de los tipos de evaluación mas completa. Consta, -en principio- de diez laminas principales compuestas por manchas de tinta (negras y policromáticas) obtenidas por plegamiento, sobre un fondo blanco. Poseen una morfología abstracta y simétrica, resultando sugerentes. Las pruebas consisten en presentar las láminas, en un procedimiento sucesivo, al paciente para que las interprete de acuerdo a su percepción. Algunos de los aspectos a juzgar, pueden ser: la ubicación de lo observado, su configuración, la presencia y el tipo de movimiento. Si la imagen surge del conjunto o de sus partes, la dimensión, profundidad, numero, color, etc.

Descubrí el test de Rorschach por casualidad cuando, atediado, revolvía desesperadamente los anaqueles atiborrados de volúmenes de todas las épocas y de diversas temáticas, pese a que cada pagina, cada palabra, aparentaba carecer de significado para mí. El azar y mi condición pusieron en mis manos un delgado tomo de psiquiatría donde vi las láminas. Inmediatamente captaron mi atención de singular manera., me atrajeron de un modo confundible con lo obsesionante; tanto que en poco tiempo numerosas reproducciones y creaciones elaboradas por mí (de manera burda y llana) ultimaron atiborrando paredes, ventanas, puertas y muebles. Además de la mayor parte del suelo. Páreseme increíble como una acumulación suficiente de tinturas esparcidas caóticamente sobre la plana superficie, aparenta tan dispares y múltiples imágenes. Una mancha podría ser un murciélago, el cuerpo de un gato, cierto paraguas antiguo, un árbol frondoso, algún corazón, mi cráneo desnudo, la botella de mi vino preferido, el juguete que esperaste todas las navidades, el rostro de un anciano frente al espejo, la tumba de tu madre, los pechos de la ultima mujer con la que estuve, los demonios en las pesadillas de tu infancia, los labios que nunca habré de besar, la mosca atrapada en la telaraña que viste ser devorada cuando tenias ocho años. Podría ser yo. Podrías ser tú…seria indeterminable describir la infinidad de respuestas posibles. Una mancha realmente no es nada, pero podría ser cualquier cosa, podría ser todas las cosas. Todas las cosas podrían no ser realmente nada, solo manchas…

Hay quienes opinan que no existe mayor dicha en el universo para el ser humano que la incapacidad de su mente para vincular sus contenidos; moramos en la aliviante ignorancia al borde de la oquedad infinita del conocimiento, capaz de mostrarnos la cruda verdad de la existencia y la endeble posición que tenemos en ella. Puede que tengan razón. Solo vemos lo que creemos y queremos posible, cerramos los ojos y pretendemos que es autentico, empeñados en proporcionarle sentido a la propia vida. Nuestros juicios, opiniones e intereses alteran lo inteligible, seleccionando lo importante y desechando lo insustancial según convenga. Toda la existencia es azar e interpretación, sin mayor significado que el que elegimos e imponemos. Creamos ideas para refugiarnos de la responsabilidad de nuestros actos, por miedo o esperanza. No hay esquema, destino, fatalidad o providencia; no hay cielo, infierno, ni reencarnación, no hay demonios o ángeles, bien o mal, tampoco algún Dios. El mayor triunfo de un hombre no tiene más relevancia que el de un gusano. El reflejo de mi rostro no es menos simbólico que las letras absurdas e inconcretas que tus ojos rozan en este instante.

La existencia se trastorna etérea, desdibujando contornos y formas, mutando en abismos inconcretos. Pronto vendrán por mí, me consideran demente; es previsible, casi lógico. La sociedad es incapaz de soportar la verdad –lo mismo religiosos, científicos, filósofos- le es necesario creer en algo y aferrarse a ello. No importando lo muy equivocados que puedan estar, que posiblemente jamás comprendan la realidad o que ésta sencillamente sea inexistente. Insistimos en hallarle sentido a un montón de manchas oscuras, vacías y absurdas…

jueves 12 de junio de 2008

SOBRE TOMAR EL TREN Y PONERSE LOS ZAPATOS

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En su conspicuo libro de tintes misceláneos, HISTORIAS DE CRONOPIOS Y FAMAS, Cortazar, con su enrevesada erudición, escribe: “Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el habito lame hasta darle suavidad satisfactoria” y poco adelante: “…Las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas”; lo anterior provoca cierta reflexión sobre la monotonía de la existencia, la sutil transmutación al estancamiento de la común vida ordinaria, o como el mismo Cortazar nos refiere en dicho texto: la satisfacción canina de que todo este en su sitio, la fría eficacia del reflejo cotidiano.

Ahora bien, en lo que concierne a los pasos a seguir para ejecutar actividades tan simples y habituales (para un individuo lo suficiente encadenado a los eslabones de lo acostumbrado, lo bastante escudado tras el circular espejo de la rutina) como ponerse un zapato o tomar el tren, bien podría escribir lo mas objetivamente una lista de instrucciones a realizar, las acciones en forma secuencial que para la mayoría son conocidas hasta mas allá del cansancio; sin embargo, eso dista mucho de ser la finalidad del texto presente.

La cuestión a resolver se reduce a la siguiente pregunta ¿Cómo volver descomunal algo tan usual? ¿Con cuál herramienta extraer lo extraordinario presente en el interior de entes y sucesos tan conocidos y experimentados? Bastaría con desgarrar nuestros conocimientos adquiridos, de retornar a un estado semi-atávico donde olvidáramos que el zapato es un zapato o el tren, un vehículo conformado por un conjunto de vagones que se desplaza por un impulso motor a través de rieles.

Posiblemente seria necesario perdernos un estado similar a la nausea sartreiana, o mas realistamente alguna esquizofrenia catatónica o hebefrénica, e inclusive, para los más atrevidos: la experiencia con psicotrópicos cómo la psilocibina, la mesalina o el LCD-25 (Aunque no se asegura que los resultados sean los deseados), con el fin de dejar de percibir un zapato o un tren como objetos manufacturadas por el hombre con utilidades especificas, si no mas bien como meras existencias.

Porque, si fuese de tal modo ¡Con qué valor nos aventuraríamos a introducir una parte de nuestro cuerpo, es decir cualquiera de los extremos nuestros miembro inferiores, en esos siniestros y amorfos objetos blando y suaves por un lado, pero densos y generalmente plagados de arabescos por otro; esos fragmentos mutilados y deformes que nos rememoran las cabezas de ciertos mamíferos cuadrúpedos, pero con las fundamentales diferencias de la cantidad y forma de los ojos (de dos a la cantidad necesaria de hoyuelos atravesados en zig-zag por un par tentáculos que sobresalen) y por la posición del hocicó, que en vez de encontrarse al frente, se posiciona mas bien en la parte superior. Y si un pie podría parecer osado, qué decir de adentrarnos por completo en el interior de un monstruo paralelepípedo, ciclópeo e ignominioso, de colores diversos y coraza lisa, pero de increíble dureza, el cual chirría al desplazarse y al inmovilizarse abre sus múltiples bocazas, mostrándonos un interior aun más insólito y extravagante.

Pero lo más sorprendente –lo más perturbador- sería observar al resto de las personas, que voluntariamente, con tanta tranquilidad embuten sus extremidades en las bestias pequeñas; y con tanto apuro ingresan en las oquedades de las bestias grandes…