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Me gustaría poder escribirte esto por hechos tan simples y sinceros cómo el que me interesara saber cómo te encuentras, saber que tan identificada te sientes con el futuro que tu carrera te promete, con la admiración y aversión que presentas hacia tus compañeros y maestros, con tu profesión, con eso que nos vamos quitando y nos dejamos quitar de nosotros, para que al final nuestra juventud quede en remedos y cenizas ante nuestro trabajo y nuestras obligaciones; de lo que llegaremos a pretender que somos y por lo que nos limitamos.
Me gustaría escribirte esto para preguntarte por tus hermanas, por tus padres, de indagar sobre tu múltiple vida dividida en los lugares que frecuentas, tus viajes, sobre el baile, sobre la tú que se pierde frenética y amorfa en el ritmo y en sus zapatos, en esos ridículos vestidos pasteles y peinados ancestrales, en la música que tanto amas (a la que soy tan adverso, tan indistinto) esos ruidos secos de malas grabaciones, de vinilos arcaicos y fonógrafos decadentes, de marimbas con las teclas rotas, del repiquetear acústico en una orquesta de guitarras desafinadas, de flautas, listones, flores, encajes y sombras, de zapatos contra las duelas, de imágenes chillantes, cuchillos y faldones, de sudor, pasión y frustrarse con tanta vuelta y con esas zapatillas que se ven tan incómodas, de sones, palmas, jarabes, huapangos, en fin, de todos esas folkloridades a las que la mayoría le da la espalda, que solo ve como atracción turística, como risible y encantadora tradición. Esos detalles que para bien y para mal me he dado el gusto de ignorar, pero que son parte de ti, que has calzado en tu vida como has calzado a soda stereo, a Queen y a Lila Downs, al periodismo, a las palabras que tan maravillosamente combinas y en las que aparentemente descrees, a tu visión política y tu critica social, tan infantiles como amplias, a tu necesidad de correr ampulosa y quebrantable, como una liebre coja tras un árbol que no existe, de abismarte persiguiendo estrellas fugaces, tréboles de cinco hojas, finales de arcoiris, como te has calzado y descalzado el ideal, la incertidumbre, el entusiasmo, a tu amor nonato y engañoso que ni siquiera te comprendes, a tus amigos, a tus enemigos, a tus “camaradas”, a tus amantes, a mí (a otros , pero tengo tan pésima memoria a veces para los nombres), a tantos, a todos y a ninguno, a tu concepto de nosotros (a tus distintos conceptos de un: “nosotros”) a tu lastima, tu autocompasión, tu inconformismo, tus sufrimientos, tus mentiras, tus llantos, tu egoísmo, todas tus esperanzas venidas a menos, tu estupidez, tu tremenda estupidez, toda tú tan necia, tan irrazonable, tan incomprensible y tan escudada a dejarse comprender.
Adelante, encógete de hombros, finge indiferencia (tu no eres estas letras, tu no quieres ser estas letras), dilo: “Joshua, cállate, eres un estúpido, no sabes lo que dices, estas mal, tan...equivocado” mantén la calma si quieres (¿Porque esto tendría que afectarte?), si no, profiere maldiciones y pestes, escúpeme, reclámame si te parece necesario, ni siquiera termines esta carta, déjala ahora, rómpela como se merece, échala al fuego, a la basura, al alimento para los perros, mejor para ti y posiblemente para mí, al fin y al cabo yo soy el malo de la historia ¿No es cierto? Soy el lobo feroz, el monstruo del armario, Joshua el vomitador, el insufrible, el hiriente, el insensible, adelante, que yo soy el inepto idiota sin corazón, el infeliz sin alma, yo y todos somos tus culpables, tus eternos culpables, no, no estoy siendo cínico ni sarcástico (bueno, un poquito, pero ese poquito que no puedo evitar), estoy cansado de serlo, permíteme ser sincero en la medida que me es posible, permíteme aceptar lo sincero que hay en lo anterior (y a ti permítete aceptar lo sarcástico).
Me gustaría poder escribirte esto por fruslerías tan simples, como si me preocuparas, como si más allá de un quimérico nosotros, me importara el ti que quedo en mí y el mí que quedo en ti, pronunciar baratijas del tipo: “¿Cómo has estado M.?”, “Aquí todos te extrañamos”, “Queremos que cuando vuelvas nos cuentes lo que has hecho”, pero si te soy sincero la verdad no escribo por esto. Porque siéndote franco (el agraviante franco que hay en mi) no creo que me importe mucho, te escribo por que no hallo a nadie más a quien escribir, porque tal vez una parte de mi quiere que sepas de mi, y así a la vez seria como si yo supiera de ti, porque sencillamente tenia ganas de redactar algo, cualquier cosa, y tu simplemente fuiste un tema a la mano y esta carta, un ejercicio, y a cada teclazo que doy se me quitan mas las ganas de continuar -¿para qué, qué voy a conseguir con esto?- dudando que llegues a examinarlo, ya sea porque a mi no se me de la gana dártelo, porque a ti no se te de la gana leerlo (aceptémoslo, somos un par de viejos orgullosos). La verdad es que no se la razón por la cual escribo, quizá debido a que son casi las cuatro y yo estoy aquí terriblemente insomne, insoportablemente sobrio, retrospectivamente aburrido, quizá porque acabo de terminar otro cuento en mi librillo de Cortazar, porque no hallo el de Baricco y me azora el de Joyce, porque de escuchar sosegadamente a Miles Davis, la selección aleatoria a saltado a The Cure y luego a zoe, porque la televisión esta llena de horrible programación; quizá sea que todo es muy apacible, muy sucio y muy bello a estas horas de murmullos quietos y sonidos lejanos, del incansable tic-tac del reloj, estas teclas, un ladrido intermitente, sirenas energúmenas y trepidantes, maullidos guturales e infantiles, sonidos que se confunden con el vació insaciable en el que estamos perdidos, quizá aun existe una parte de ti, y que a lo mejor ya no eres tu, que aun me importa, quizá todo lo anterior a la vez.
Quisiera ser agradable en esto que escribo. Quisiera sacar al poeta que odio en mi, porque es frágil y absurdo como todos los poetas, y decirte cosas hermosas, alabanzas imperecederas, muestras tangibles de admiración, pero me es tan difícil, tan difícil; porque soy limitado e incapaz, porque no puedo relacionarte con algo hermoso e imperecedero, porque ya no te admiro, esa masa informe y obstaculizadora en ti que eres tú, que se ha vuelto tú, me impide admirarte ahora, cada vez que me llega a la mente el remedo de ti en el que te has convertido no puedo evitar la exasperación, la fatiga premeditada de saberme infructífero, en sospechar que toda esta vana palabrería no moverá una sola de las fibras acalambradas en esa gesticuladora rabiosa, en esa guacamaya inagotable, hiena insufrible, jirafa petulante (perdóname los símiles zoomórficos, son de pésimo gusto, lo se) enferma de ti en ti para ti, de monologo, de capricho, de tu solipsismo imperecedero, de tu mal-interpretación (así como la exégesis de estas frases caerán en el equivoco, en tu conveniencia lectora, en tu habito por enmarañar anagogías), de entumecimiento –¿recuerdas tu poema: “sumergiéndote en infame pegamento distensionas inerte vísceras y piernas, al fin ríes, ya no sientes”?- del que tal vez no te percatas, del que tal vez no quieres percatarte o no te importa, que los demás se callan y ante lo cual te tapas los oídos y cierras los parpados, negándonos, negándonos a los demás, a nosotros –tus eternos culpables-, negando todo eso que alguna vez quisiste y se distancio de ti, que te abrió diversas llagas y espero a que estuvieran coaguladas e infectas para dejar sanártelas (y no hablo solo de mí), que despertaste una mañana con el sabor de esas personas en el paladar y percibiste que no era el acostumbrado, que jamás seria el mismo, y te pareció tan fácil (y la verdad no creo que fuese tan fácil) negarlo, negar tu cobardía (yo soy un cobarde y callo, tu eres una cobarde y no paras de hablar), tu egoísmo (yo soy egoísta y no soy mejor que tú, tú eres egoísta y no eres mejor que yo, pero es tan detestable).
No se para qué escribo todo esto, cuando la hora llegue no se si tendré el coraje ni el entusiasmo de entregártelo y que en nada te afectara, todo esto me parece una necesidad innegable de ser innecesario ¿No te das cuenta que lamiste todo legitimo cariño pretérito hasta desintegrarlo en morusas (de nuevo, no hablo solo de mí), por descuido, por venganza? Pero, lo que quiero decirte mediante de estas sucias palabras gastadas por nuestros ancestros, lo que trato de decirme a mí a través de ti, es que en el fondo, existe algo genuino, algo bello y puro en lo mas recóndito e inextricable de tu interior o en tu periferia, que uno es capaz de percibir sutilmente pero desaparece apenas uno le dirige la mirada, aunque probablemente no sepas que esta allí, aunque le des la espalda y se nos escape, aunque no puedas retenerlo con tus manos quebrantables y se te escurra por entre las comisuras de los dedos. Quiero decir que más allá, que en medio de todo ese monigote inútilmente sobreactuado y confuso que te gusta ser, existe un eco en la penumbra, una bailarina inasible que deambula delirante y poética entre el océano de sonidos acústicos, de piel inquieta y gestos amaestrados, de la artista que vive en ti y agota su alma enclaustrada entre abismos cósmicos, diluyendo trazos absurdos y sometiendo las palabras, atando mi memoria a tus oraciones, a tu diarios, poemas, minutas y a tus cartas: a los garabatos juguetones y aplastantes, a la oquedad anonadante de éxtasis y despecho que son tus cartas(¿Cómo hacerse de rogar por una carta, cómo negar esos halagos y reproches, de las que uno se nutre con embarazosa soberbia?). Pero no me hagas mucho caso, vete corriendo y extravíate, ahoga esa irrisoria nitidez entre los licores y perfumes que más te plazca, olvídame y olvida esto, tu vida es un juego de uno y es posible que yo no sepa nada, que me equivoque, que sea maligno, enfermizo y algo idiota, que solo te quiera – “querer”, curiosa palabra, cuestión de sólo seis letras y qué complicado, qué desgarrador escribirlo- de alguna manera retorcida y simpatética, aferrándome a una imagen tuya que no eres tú, que no es para mí ni te pertenece; y así al final caigo en un error que cometes tú, que cometemos todos... En fin, ahora que se acerca el termino, que se me agota mi paciencia y las palabras, no se qué agregar, quizá: perdona, perdona por ser tan obvio, tan directo, tan ofensivo en estas letras, perdona estas letras, perdona por quedarme flojo, ensombrecido y opacado ante lo sutiles y perfectas de tus cartas, sin ser capaz de imitarlas o corresponderlas, en fin: perdona... ¡No! mejor no me perdones, de cualquier modo a ti nada te costara otorgarme disculpas (no te costara si no te afecta) y a mi poco me valdrá recibirlas.