martes, 7 de marzo de 2017
Roland Topor o la caricatura post-surrealista grotesca
¿Sueñan los autómatas con ovejas mecánicas?
viernes, 14 de agosto de 2015
Who watches the Nightwatchers?
martes, 3 de enero de 2012
Gothic-flick

Cuando en el siglo III las legiones romanas, regias o consternadas, designaron a la tribu bárbara teutónica que desde tiempo atrás había traspasado la frontera del Danubio y asediaba los campos de Dacia y otras regiones al norte del Imperio bajo el gentilicio de Godos –acaso porque los juzgaban procedentes de Götaland, las más peninsular y sureña de las tres regiones históricas de Suecia–, siquiera sospechaban que, transcurridos trece siglos, el tratadista florentino Giorgio Vasari emplearía la adjetivación del vocablo para calificar de modo peyorativo al presuntamente burdo y grotesco arte medieval, inferior, a su criterio, ante la perfección renacentista tan en vogue.
DOS
Por su parte, sería alarmante conjeturar que Vasari, tan absorto en perfilar hasta lo canónico las biografías de sus artistas compatriotas, pudiera llegar a prever que hacía 1764, el británico Horace Walpole, intelectual y entusiasta por la arquitectura neogótica victoriana, haría uso del epíteto ‘gótico’ para delinear los parámetros respecto a su obra más afamada, cuya prosa, si bien abstemia, intencionadamente lacónica, no se halla exenta de ciertos ecos de fascinación por los arcos ojivales y las bóvedas de crucería. Algo más hay en común entre el noble italiano y el noble inglés: ambos, influyentes partidarios de las artes estáticas, dedicaron sendos años y esfuerzos al decorado, la acumulación coleccionista y la estructuración de sus moradas, el primero en su natal Arezzo, el segundo llegando incluso a trazar los planos para la remodelación de su finca, ahora famosa y convertida en museo, en Strawberry Hill.
TRES
Si continuáramos con esta perspectiva de panteísmo historicista trasnochado, perfectamente podríamos anotar, con toda seguridad y poco más, que Walpole, tampoco tuvo la menor figuración, al emplear el curioso término, en cuanto a que éste acabaría designando asimismo a cierta tribu urbana contemporánea, popularizada hacia el crepúsculo de los ochenta y cuyos sectarios, referentes irredentos de Robert Smith, del la filmografía de Burton, del Crow de James O’Barr, se distinguen usualmente por emplear una augusta cantidad de arracadas, cadenillas, estoperoles, maquillajes oscuros y capotes de cuero incluso más oscuros…
CUATRO
Pero quizá eso sea aventurarnos demasiado en los terrenos de lo impropio.
CINCO
Baste decir que el señorito Horatio Walpole, IV Conde de Orford, último hijo del primer ministro whig Sir Robert, quien lo bautizo igual que a su segundo varón, muerto al poco tiempo de nacer, fue –no necesariamente en éste orden, no necesariamente en orden alguno– historiador de arte, dibujante, beletrista, anticuario voluntarioso, parlamentario menor, impresor influyente e infatigable escritor de más de 3000 cartas (recopiladas actualmente en 48 volúmenes por, creo, la Yale University) y, en cuanto a ficción, de una pieza dramática censurada por su temática incestuosa, de una veintena de cuentos rara avis y de la novela que aquí nos atañe. Cabe anotar, asimismo, que nació en 1717, se graduó en Cambridge, viajo por Francia e Italia junto al no laureado pero sí celebérrimo poeta Thomas Grey y murió en la más célibe de las senectudes hacia los 80 años. Y que, respaldado por los hados del tino más que los del talento y del ávido público, quien –al menos desde que el mundo es mundo medianamente válido a la libertad de consumo e imprenta– siempre tiene la razón, edificó (ya fuera con su firma propia o bajo el seudónimo rimbombante de algún canónigo mítico y el seudónimo más bien ordinario de un traductor desconocido) el germinal y antonomástico libelo de la ficción gótica.
SEIS
Parte culebrón medieval, parte thriller detectivesco, parte roman caballeresca con tintes de horror, El castillo de Otranto, bajo un ritmo desenfrenado, tan paupérrimo de efectismos digresivos que constantemente flirtea con la dramaturgia –de hecho llegó a escenificarse no mucho después de su publicación y reconocimiento–, transita un argumento cuyo entramado se sustenta no en los artificios fantasmagóricos: en los yelmos ciclópeos y los retratos ambulantes y las efigies sangrantes, sino en un continuo de revisiones y detonantes tanto heráldicos como genealógicos, donde, por supuesto, se deja cabida necesaria al romance, sí, uno un tanto santurrón y pudibundo; pero ya se sabe: todas las historias son historias de amor.
SIETE
La historia –resumámosla de una vez– se sostiene en un entramado de coordenadas que con bastante probabilidad no les resulten ajenas a los asiduos telespectadores de las televisadas telenovelas, con unas dosificaciones de aquellas series paranormales estadounidenses de los años sesenta. Erase una vez en un reino muy lejano, etcétera. Manfred, Lord caricaturescamente déspota, es el ambicioso usurpador del trono de Otranto. Su famélico hijo, Conrad, muere el día de su boda, aplastado por un yelmo gigante. Manfred, preocupado más por la perpetuación de su dinastía ante los rumores de ciertas profecías, reniega de su esposa Hipolita, más religiosa abnegada que monarca, e intenta violar a la prometida de su machacado heredero, la princesa Isabella. Un retrato se sale de su marco, un pie gigante irrumpe en el salón principal y la casi mancillada Isabella logra escapar de las garras o de las fauces (amén de eufemismos metonímicos) del libidinoso Lord, a través de las catacumbas, rumbo a la Iglesia, no sin antes ser auxiliada por el valiente, insigne, fuerte y de paso guapísimo Theodore, as en la manga del tejemaneje. Theodore es arrestado, condenado a muerte, descubierto como el bastardo del fraile Jerónimo, absuelto, vuelto a condenar y finalmente rescatado por Matilda, la mojigata hija de Manfred, quien no tarda en enamorarse perdidamente de él. La trama se sucede de la misma forma, con abruptas vueltas de tuerca, confusiones de antología e interrupciones imprevisibles así como gratuitas. Sucesiones mágico-realistamente de rayos y truenos, estatuas sangrantes y fragmentos de armaduras ciclópeas. Matilda es prometida a Frederic, el recién aparecido y achacoso padre de Isabella, para luego contraer nupcias clandestinamente con Theodore, para, finalmente, morir accidentalmente a manos de su padre. Hacia el desenlace, un portento revela a Theodore como descendiente del antiguo príncipe Alfonso y por consecuencia, legitimo heredero del castillo, tras lo cual acaba desposándose con Isabella. Se llevan a cabo las medidas correspondientes y todos viven felices para siempre, excepto, por supuesto, el exiliado Manfred y su acuchillada hija.
OCHO
Otranto, es cierto, se permea en la cultura como un hito pop y post-pop y más allá. Las opiniones y los homenajes, con el transcurso de las lineamientos espacio-temporales, son diversas. Walter Scott, el más reconocido entusiasta de los cultivadores de la novela histórica, por ejemplo, gasta una treintena de páginas en su edición de 1811 para decirnos, a grandes rasgos, que pese a haber sido sobrepasada con creces tanto en técnica como en contenido por muchos de sus epígonos, la candorosa Otranto debe ser aplaudida –algo desmesuradamente– como un ejemplo notable no sólo gracias a la calidad de la historia, atractiva, de sombrío interés, sino precisamente por la moderna originalidad de fundamentar propuestas con una combinación poco sospechada y, al mismo tiempo, efectiva: la más lóbrega de las ficciones fantásticas con las bases de la más clásica caballería. Salvador Dalí, el más glorioso y capitalista de los bigotes que se hayan abierto pasó desde la no escuela del surrealismo, se pausa, por allá de 1964, de Relojes derretidos & Cía para dedicarle uno de sus ciclos literarios: un tiraje limitado de 180 ejemplares con doce aguafuertes en los que se presenta la típica mirada excéntrica y no convencional, redimensionando los elementos clásicos de la ficción, encontrándonos así con rostros emborronados, piernas desnudas detrás de dinteles, y yelmos a contraluz en una meseta con punto de fuga. Otro surrealista, el poeta y el romántico empedernido Paul Éluard, aprecia la novelita como exhibición plástica del drama del amor en toda su amargura e infortunio, pero también donde el deseo se antepone a pesar de cualquier visión, cualquier mármol mortuorio, cualquier vomito procedente del infierno. Jan Švankmajer, el mejor animador gestado entre las checoslovacas tierras del siglo XX, experimenta en 1979 con un cortometraje que conjunta una jocosa animación basada libremente en las cavernas y los espadachines de Walpole y un pseudo-documental simultaneo donde intenta reinventar el viejo mito del castillo.
NUEVE
Diametralmente, H. P. Lovecraft, ateo declarado y racista patológico en una época en que comenzaba a volverse ligeramente indecoroso el serlo y, asimismo, una de las mentes más mitificadoras y quirúrgicas de su siglo, lee a Walpole y contraría, no sin cierta gracia y en voz alta, los dictámenes de Scott y otros admiradores. Lovecraft, presunto asexual y ávido escritor epistolar, señala sobre Walpole, presunto homosexual o bisexual o asexual y ávido escritor epistolar, que si bien debe concedérsele el merito de la innovación que consolida lo macabro moderno, su artefacto es apenas un subproducto mediocre y falto tanto de convicción como de atmosfera, afectada por un argumento débil, aburrido y postizamente melodramático. Pero es precisamente por su carácter de palimpsesto, por sus desenvolvimientos oníricos y sus incongruencias internas que la novela terminó siendo confundida por opus magnum y consagrada según propios y ajenos, modificando la literatura de horror fantástico hasta sus formas en que la conocemos. Y es que si existe razón para justificar todos los pecados al noble inglesito es el hecho de que, con todo lo que ello implica, sin él no hubiese existido Poe.
DIEZ
De este modo y no de otro, el buen don Horacio –que en el prefacio a la segunda edición de su novelilla no se ruboriza en presumir a Shakespeare como su más preponderante acreedor, encaramando, harto justificadamente, al contenido discursivo de éste por sobre las pautas mobiliarias de Voltaire–, acabó procreando ese submundo de folklore que en el porvenir sería tan influyente y exaltado, plagado por todos aquellos héroes byronianos y tiranos acaudalados y damiselas en desgracia, por trasgos chillones, íncubos chupasangre, ghouls reanimados y cadenas tintineantes, por fuegos fatuos, villas antiguas, paramos lóbregos, libreros corredizos, conspiraciones, hechicerías, camposantos, catacumbas, monasterios, laberintos y profecías de maldiciones heredadas que han permeado la literatura sobrenatural desde la inmediata y genérica Ann Radcliffe hasta, sí, el Stephen King de nuestros días.
Nekromantik

Necrofilia. Si hay un epitome capaz de sintetizar en un único vocablo aquello a lo que la obra narrativa del pirineo Téophile Gautier nos remite con su fuerza, ludismo, pictografía y estupefacción, es éste.
La historia del arte y las letras francesas radica sucinta por una copiosa tradición de opulencias, excentricidades y malditismos. Los firmantes en la lista son legión y apenas cabe despuntar nombres, que van desde André de Lorde y Alfred Jarry hasta Macel Duchamp o Pierre Drieu la Rochelle; basta apenas escudriñar para escoger. Pierre Jules Théophile Gautier, nacido en 1811 de un culto funcionario menor y de una mujer de apellido rimbombante, muerto en 1872, en una comuna de guerra, a causa de una vieja enfermedad cardiaca, no queda exento de tales características. Poeta con sempiterna vena pictórica y anticuaria, Bouizingo militante, alumno directo de Hugo e indirecto de Hoffmann, transita entre los bares Simbolistas y los salones del Modernismo, entre los antros del Decadentismo y su casa Parnasiana. Guarnecido con paleta de espectro multiforme, pincela por igual verso y prosa, ficción y periodismo, dramaturgia y ballet, historia del arte y crítica literaria. Cree atinar en el haschish un cáliz potenciador y en los viajes por España o Constantinopla una ventana al Venus y al Tánatos. Mitificado ya en su paganismo de líneas y figuras, Baudelaire o Balzac, entre otros muchos, lo admiran con equidistante fervor. Preconiza, tras esa barriga, esa barba de antología y esa mirada ojerosa –que en los retratos del prestigioso Nadar asoman siempre pétreos, agudos, turbadores–, la perfección de la forma ante cualquier contenido, cualquier intencionalidad pervertidora. El arte es inútil, nos dice. Sólo lo que es inútil es hermoso, nos dice. Abandera axiomas, l'art pour l'art, y no otorga armisticio al romanticismo ni a la política.
Pero volvamos al asunto…
Necrofilia, sí. Pero una necrofilia mística, perpetrada entre los abismos laberinticos del espíritu atribulado, una en cuyos bálsamos convergen sincrónicamente horror, delirio y pasión impar. Comparable tan sólo con los poemas de Nerval –amigo intimo de Teófilo, aficionado a pasear langostas por las calles parisinas y huérfano de madre a la tierna edad de dos años–, algunos textos de Poe (Berenica, Lighea) y Le cheveleure de Maupassant, y únicamente superada por Dante, el apoteósico funerario por magnificencia, a los cuentos y novelas de Gautier los recorren de cabo a rabo mujeres muertas. Complemento: Atractivas, nobles y correspondientes mujeres muertas. Disimulado de dandi desencantado, joven aventurero o sacerdote rural, el protagonista de Gautier –hombre culto, rodeado de un aura decadente– personifica un trasunto órfico moderno, un sujeto cuya pantalla fantasmatica se escinde a partir de la intrusión de la catexis inmanente al objeto. El amor –instruye Lacan– se fundamenta en el vínculo y no en el objeto con el que se vincula. Así, una tetera, un manuscrito, un pie embalsamado, los motifs en una tapicería, un dorso solidificado de la antigua Pompeya o la mirada aparentemente aleatoria al fondo de una iglesia, son aquí los detonantes donde las coordenadas psíquicas, los parámetros simbólicos de la realidad se quebrantan, abriendo puertas a las más exacerbadas delicias y voluptuosidades de la mano de momias, metempsicosis, de sexis chupasangres; nombres como Angela y Marcella, Hermonthis y Clarimonde, libres de cualquier prosaica terrenalidad, ejecutan en sus mortales elegidos las rubricas del encanto, la lujuria y las suntuosidad. El sacrificio, sin embargo, nunca está muchos pasos adelante y, más temprano que tarde, Euridice se esfuma y las puertas del Hades se cierran. Se vuelca, entonces, la perdida, el retorno a la vigilia, la tibia cotidianidad. Aunque provenga desde la perfección, desde lo imperecedero, el amor, parece querer decirnos el poeta, nunca es eterno.
sábado, 26 de junio de 2010
viernes, 18 de junio de 2010
miércoles, 31 de marzo de 2010
lunes, 1 de febrero de 2010
lunes, 10 de noviembre de 2008
RORSCHACH

Me es muy difícil establecer cómo o cuándo empezó mi “metamorfosis perceptiva”, pero puedo recordar que solía dormir durante periodos considerables, un desmesurado numero de horas seguidas, incluso días. Únicamente despertaba para hurgar en el refrigerador, con el fin de engullirme algunos restos de comida, darle un trago a la primera botella de licor que hallara, orinar o defecar. Mi escasa alimentación me mantenía sin energía, por lo que me embriagaba rápidamente y volvía a dormir en seguida. No hacía nada más. No me interesaba otra cosa. Tampoco había algo definido. Cada una de estas triviales actividades estaban distanciadas por espacios de tiempo bastante irregulares, aunque por lo general extensos. El resto era una secuencia difusa e inextricable de imágenes, sonidos y sensaciones carentes de orden y coherencia para la razón; sueños, pesadillas o simplemente largos periodos de oscuridad absoluta, claridad sin ideas, pensamientos o sucesos oníricos. Me gustaba pensar que al morir todo seria así, sin cosas buenas ni malas, placeres o sufrimientos. Solo quietud y calma…
Acostumbraba despertar en falso, tener sensaciones de dájà vu, creer que había dormido por días cuando solo pasaban diez minutos –o a la inversa- y todo ese conjunto de singulares eventos que ocurren cuando duermes lo suficiente y aun posees la capacidad de soñar. Entre difusas paginas de libros cuyos títulos o autores no me interesa recordar, encontré ideas agradables relativas al tema; donde explicaban que tanto la experiencia soñada podría considerarse tan autentica y significativo como aquellas sucedidas en estado de vigilia. Ya que la vida no es más que un conjunto de impresiones existentes en el cerebro, importando poco si éstas son percibidas del entorno e interpretadas por los sentidos o son engendrados por intrincados procesos en nuestro interior; y no existe ninguna razón para considerar unas por encima de otras.
Cierto día –no recuerdo bien cuando, aunque no tiene mucha importancia, ya que podría haber sido cualquier fecha- desperté con cierta alteración, desconcertante y confusa. Con el cuerpo impregnado en sudor, la boca seca y los ojos húmedos. Tenía un impreciso y vago sentimiento. La causa de esto me sigue siendo completamente desconocida, aunque inevitablemente note que algo había cambiado irreversiblemente en mí. Una novedosa emoción me perturbaba, como si hubiera estado dentro de un oscuro y profundo túnel, sin recordar el principio ni conocer el final, rodeado de ciclópeos ladrillos traslucidos mirándome indiferentes. Mi vida entera había permanecido en su interior, pero ya no más. Destruida la abrumadora seguridad que sus muros me brindaban, estoy condenado a captar libremente el exterior.
A partir de entonces dejé de dormir, no es que no lo quisiera o lo intentara, simplemente no pude. El insomnio y la ansiedad habían entrado en mi organismo sin avisar y se instalaron perpetuamente. Los tan apreciables momentos proporcionados por el esencial acto, volvieronse irónicos recuerdos, quedándose en el irrevocable pasado. No puedo conciliar el sueño y cuando rara vez lo hago no es por más de una hora, y sin embargo me levanto en peor estado que al acostarme. Intenté remediar la atroz y deplorable situación: ingerí distintos calmantes y pastillas, me alcoholicé cuantiosas ocasiones, practiqué distintos tipos de meditación, me masturbé en exceso e inclusive realicé suficiente ejercicio; no se presentaron los resultados esperados; no solucionaron absolutamente nada. Descarté la posibilidad de requerir a mujeres, predicadores o loqueros. Siempre me había considerado misántropo y por lo tanto la humanidad en general me producía animadversión.
En mi estado se esta siempre agotado, somnoliento, indispuesto a ejercer cualquier actividad. No se duerme, pero tampoco puede decirse que se esté despierto. Uno se comporta autómatamente, llevando a cabo actividades sin reflexionarlas, desconociendo los motivos. Caí en cuenta que en realidad, la sociedad en general es así, realizando actos sin saber por qué, cual engranes de una monótona maquinaria de la cual han perdido la capacidad de salir. Y allí yo estaba al igual que ellos: absurdo, banal y desesperado…
Fue entonces cuando vinieron los Rorschach.
Herman Rorschach (1884-1922) fue un psiquiatra suizo que desarrollo el psicodiagnóstico homónimo; básicamente un test proyectivo, considerado como uno de los tipos de evaluación mas completa. Consta, -en principio- de diez laminas principales compuestas por manchas de tinta (negras y policromáticas) obtenidas por plegamiento, sobre un fondo blanco. Poseen una morfología abstracta y simétrica, resultando sugerentes. Las pruebas consisten en presentar las láminas, en un procedimiento sucesivo, al paciente para que las interprete de acuerdo a su percepción. Algunos de los aspectos a juzgar, pueden ser: la ubicación de lo observado, su configuración, la presencia y el tipo de movimiento. Si la imagen surge del conjunto o de sus partes, la dimensión, profundidad, numero, color, etc.
Descubrí el test de Rorschach por casualidad cuando, atediado, revolvía desesperadamente los anaqueles atiborrados de volúmenes de todas las épocas y de diversas temáticas, pese a que cada pagina, cada palabra, aparentaba carecer de significado para mí. El azar y mi condición pusieron en mis manos un delgado tomo de psiquiatría donde vi las láminas. Inmediatamente captaron mi atención de singular manera., me atrajeron de un modo confundible con lo obsesionante; tanto que en poco tiempo numerosas reproducciones y creaciones elaboradas por mí (de manera burda y llana) ultimaron atiborrando paredes, ventanas, puertas y muebles. Además de la mayor parte del suelo. Páreseme increíble como una acumulación suficiente de tinturas esparcidas caóticamente sobre la plana superficie, aparenta tan dispares y múltiples imágenes. Una mancha podría ser un murciélago, el cuerpo de un gato, cierto paraguas antiguo, un árbol frondoso, algún corazón, mi cráneo desnudo, la botella de mi vino preferido, el juguete que esperaste todas las navidades, el rostro de un anciano frente al espejo, la tumba de tu madre, los pechos de la ultima mujer con la que estuve, los demonios en las pesadillas de tu infancia, los labios que nunca habré de besar, la mosca atrapada en la telaraña que viste ser devorada cuando tenias ocho años. Podría ser yo. Podrías ser tú…seria indeterminable describir la infinidad de respuestas posibles. Una mancha realmente no es nada, pero podría ser cualquier cosa, podría ser todas las cosas. Todas las cosas podrían no ser realmente nada, solo manchas…
Hay quienes opinan que no existe mayor dicha en el universo para el ser humano que la incapacidad de su mente para vincular sus contenidos; moramos en la aliviante ignorancia al borde de la oquedad infinita del conocimiento, capaz de mostrarnos la cruda verdad de la existencia y la endeble posición que tenemos en ella. Puede que tengan razón. Solo vemos lo que creemos y queremos posible, cerramos los ojos y pretendemos que es autentico, empeñados en proporcionarle sentido a la propia vida. Nuestros juicios, opiniones e intereses alteran lo inteligible, seleccionando lo importante y desechando lo insustancial según convenga. Toda la existencia es azar e interpretación, sin mayor significado que el que elegimos e imponemos. Creamos ideas para refugiarnos de la responsabilidad de nuestros actos, por miedo o esperanza. No hay esquema, destino, fatalidad o providencia; no hay cielo, infierno, ni reencarnación, no hay demonios o ángeles, bien o mal, tampoco algún Dios. El mayor triunfo de un hombre no tiene más relevancia que el de un gusano. El reflejo de mi rostro no es menos simbólico que las letras absurdas e inconcretas que tus ojos rozan en este instante.
La existencia se trastorna etérea, desdibujando contornos y formas, mutando en abismos inconcretos. Pronto vendrán por mí, me consideran demente; es previsible, casi lógico. La sociedad es incapaz de soportar la verdad –lo mismo religiosos, científicos, filósofos- le es necesario creer en algo y aferrarse a ello. No importando lo muy equivocados que puedan estar, que posiblemente jamás comprendan la realidad o que ésta sencillamente sea inexistente. Insistimos en hallarle sentido a un montón de manchas oscuras, vacías y absurdas…



























